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Crónica del Entorno de la Madre Escuela (1ª Parte)
Escrito por Carlos Cid   
Lunes, 15 de Octubre de 2012 19:00

La Estación Alameda –conocida hoy como Estación Central- allá por las postrimerías de los años 50 no era nada de espectacular; más bien era un barrio bravo y de pelaje medio, pero con mucha vida de esfuerzo. Era la antítesis del barrio alto, que por entonces llegaba un poquito más arriba de Tobalaba.

En el sector había un gran comercio establecido y de todo tipo, aunque no de baratija como lo hay hoy en día; es  que  no hay que olvidar que fue el segundo centro comercial de Santiago, después del establecido en el casco céntrico capitalino incluido el de la calle San Diego.

Los pocos hoteles que había, albergaban a los pasajeros que llegaban en los trenes del sur y tuvieron su época de gloria en las primeras décadas del siglo 20.

En la calle Maipú y sus alrededores estaba la mayor cantidad de burdeles de Santiago. En la noche los temerarios se exponían a cogoteos  y a que los  dejaran con sus  partes pudendas  al aire.

El actual aspecto que tiene la Estación Central, esto es el galpón central metálico y sus edificios de cada costado, data de 1897. La estructura metálica fue diseñada por Don Gustave Eiffel, y todas sus partes se trajeron desde Francia.

Las horas de mayor movimiento de trenes y de gente en la Estación eran por la mañana  a partir de las 07:00 hasta las 10:00 y en la tarde, desde las 18.00 hasta las 22.00.

El primer tren en salir era el de los “tiznados”, trabajadores de la Maestranza de los F.F.E.E. (Ferrocarriles del Estado) emplazada en San Bernardo. Muchos egresados de la EAO trabajaban en ese gran y majestuoso taller.

Después salían dos trenes al sur, un expreso y un ordinario. El primer carro ese que estaba adosado después de la locomotora, era el del correo que entre  estación y estación iba repartiendo las cartas, las encomiendas, los diarios, las revistas y las películas. Cada  pueblo a lo largo del territorio hasta Puerto Montt, por el sur, se volcaba  a  esperar la máquina. Quienes vivíamos en los  pueblos chicos, cada jueves esperábamos ansiosos “El Peneca y El Okey”, las señoras esperaban la revista “Eva” y todos el “Zigzag, El Vea, El Topaze y El Estadio”.

En la mañana hacía  su arribo el tren “Curao” que venía caleteando desde Talcahuano y nunca llegaba a la hora, por ser un tren nocturno y no pocos pasajeros llegaban medios caramboleados o, francamente, curados. Después llegaba el Expreso de Temuco,  que era a su vez tributario del tren de Puerto Montt con combinación en San Rosendo y este último tributario del de Valdivia con combinación en Antilhue.

En estos trenes de la mañana llegaban  en canasto los huevos, las gallinas de campo, los pavos y el chancho envuelto. Los pavos y el chancho era muy apetecidos en los meses de los santos, en especial para las “Carmenes”.

En la noche partían a destino los trenes inversos a los que llegaban en la mañana. Todos ellos tenían coche comedor y coches dormitorio, en los que se comía muy bien y se dormía al compás del traca…traca.

Era tal la fama de la buena comida en el tren, que en la calle Lira al llegar a la Alameda había un restaurante que se denominaba “Juan de los Trenes”, cuyo dueño había sido concesionario de uno de los coches comedores, de allí que garantizaba una buena  mesa.

El Flecha del Sur era el nombre que se les daba a los seis automotores que hacían el viaje hasta Puerto Montt y Concepción, al final de la década de los 40. Eran las joyitas de los F.F.E.E. Su capacidad era de 124 pasajeros y daba la  sensación de estar viajando en un verdadero auto por los rieles. Salían de la Estación Mapocho a las 7:00 y llegaban a Puerto Montt a las 0.20; ese viaje era todo un lujo para la época. Estos automotores se compraron en Alemania, justo antes de la 2ª guerra  mundial y se pagaron en parte con lentejas chilenas. Los dos primeros alcanzaron a llegar en 1940, los cuatro restantes que quedaron guardados en Suiza por los  avatares de la conflagración, llegaron seis años después.

De los antiguos trenes y de los viajes al Sur y a Cartagena hay tanto que recordar y contar, que dan tema para crónicas aparte.

En los escaños del lado poniente de la estación, se juntaban los jubilados de ferrocarriles a conversar y recordar viejos tiempos. Mi abuelo Audilio, quien fue maquinista de locomotora, salía por la mañana a pie a la Estación, desde su casa que estaba en la calle Gumersindo y volvía a medio día con el pan para el almuerzo, que compraba en la San Camilo.

Los terminales de buses que hay hoy día, no existían. Los únicos buses que salían del sector eran los de la línea Pañaflor-Melipilla–Talagante, estos se estacionaban en la calle Exposición y los de la línea Paine-Hospital salían de calle San Alfonso.

La Catedral Evangélica de hoy, solo era una iglesia chiquitita con parlantes para afuera.

El Carro 33 y la Plaza Argentina
Durante mi primer año en la EAO, antes de conseguirme un cupo en el internado, estuve como un mes de pensionista en la casa de un padrino que vivía en la calle Carmen, a una cuadra de Avenida Matta. Todas las mañanas temprano tomaba el Carro 33, el que bajaba por Matta, al llegar al Parque Cousiño, doblaba en San Ignacio, después tomaba Blanco Encalada para doblar en Molina hasta la Alameda, de ahí llegaba hasta la Plaza Argentina.

Por la tarde hacía el recorrido inverso, pero entrando por Bascuñan hasta Blanco.

Plaza Argentina era el nombre que se le daba a la explanada ubicada enfrente de la Estación Central.

Hasta esa plaza convergían otras líneas de tranvías, las líneas 1, que subía por la Alameda, la 2 que entraba por Chacabuco y llegaba hasta el Parque Forestal y la 4 que entraba por Chacabuco hasta la Garita de Mapocho.

Los carros eran en su interior de madera reluciente, avanzaban chirriando por la vía a no más de 30km/hr, cada vez que cruzaban una calle, el chofer tocaba una campanilla y si tenía que cambiar de vía, bajaba con un fierro como palanca y sin más, accionaba el cambio y seguía.

Eran los últimos tiempos en que las damas usaban guantes y sombrero de calle y rezaban el rosario durante el trayecto, y todos los trabajadores del centro de Santiago iban a almorzar a sus casas. Mientras se comía, se escuchaba el programa radial de Eduardo de Calixto “Hogar Dulce Hogar” por la Radio del Pacífico.

Pero volvamos al transporte público. Santiago alcanzó a tener entre 1900 y 1957 uno de los sistemas de tranvías eléctricos más grandes de Latinoamérica. Ese año (1957) sacaron la última línea que llegaba a la Estación Central - la 33- y remodelaron la Plaza Argentina.

La remodelación de la plaza fue supervisada personalmente por la entonces primera alcaldesa de Santiago, Doña María Teresa del Canto, quien fuera también la primera mujer que ocupara el cargo de Ministra de Educación durante el gobierno de Don Carlos Ibáñez del Campo.

En esos tiempos el alcalde de Santiago era designado por el Presidente de la República, mala costumbre que nos dejó también el Capitán General y que felizmente hace poco, se dejó de aplicar.

Tanto los tranvías como los trolebuses los hicieron desaparecer de Santiago, siendo reemplazados por monstruos ineficientes y contaminantes, en circunstancias que hoy día en muchas ciudades de Europa, los siguen utilizando como moderno medio de transporte público no contaminante y no entran autos a los cascos históricos y si entran, los osados deben pagar un peaje altísimo.

El Tattersall
Un ancho sector que partía desde la Alameda y por el costado interior de Matucana, hasta llegar casi hasta Portales, era ocupado por las oficinas y bodegas del Tattersall S.A.  que hasta hoy es una empresa dedicada a comercialización de ganado, productos y maquinaria agrícola. Junto con la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA) y la Radio Agricultura, fueron enclaves del poder económico de los latifundistas y la derecha conservadora.

Recuerdo que todos los días en la mañana, la Radio Agricultura informaba a sus auditores del campo, los precios de los distintos productos agropecuarios que se transaban en el Tattersall.

Paralela a Matucana, existe una vía subterránea que conecta la línea férrea sur con la línea que va a Valparaíso. Hasta 1914, año en que empezó a operar la Estación Mapocho, los trenes al Puerto salían de la Estación Central. Hoy día solo circulan trenes de carga.

Originalmente esa vía férrea corría por la misma calle Matucana y debido a los múltiples accidentes, se optó por el diseño subterráneo.

Hoy, en el sector donde  estuvo el Tattersall, se encuentran Pabellones de Clases, la Facultad de Administración y Economía, la Facultad de Ciencias Médicas y la Facultad de Ciencias.

Las Cachas Grandes
En la esquina de la Alameda con Ecuador, donde  El Planetario escruta el cielo, había un edificio de dos pisos construido en ladrillo y abarcaba casi la mitad de la cuadra. Este inmueble albergaba boliches de todo tipo y en la esquina estaban “Las Cachas Grandes”, especie de restaurante y bar barato que siempre pasaba lleno, las porciones que servían, como lo indicaba su nombre, eran grandes. Servían picarones, sopaipillas, paila con huevos, bistec a lo pobre y pescado frito, con pipeño, tinto o del otro.

“Las Cachas Grandes”,  tenía sucursales en el sector de la Estación Mapocho, en Independencia a la altura de la Plaza Chacabuco y en Franklin, en el Barrio Matadero. En Valparaíso habían dos más: en el sector de la Plaza Echaurren, y en la Avenida Argentina al llegar a la Estación Barón. Era como una marca registrada y, sin duda, constituía una cadena comercial de la época.

En esos tiempos no se conocían los hotdog , tampoco las hamburguesas. En las fuentes de soda de entonces se preparaban la leche con plátano o con vainilla, la malta con huevo o con harina tostada. La  estética de  estos lugares  era muy singular: todas tenían detrás de la barra una corrida de jugeras eléctricas, con las que preparaban a la vista del cliente todos los brebajes.

Las bebidas de la época eran la Bilz, la Papaya, la Orange Crush,  el Sorbete Letelier y la Pilsen de la que había solo una marca. Todas las bebidas nombradas venían en botella de vidrio, las que en los hogares de casi todos los pelajes se  constituían  en mamaderas, o sea, los niños de  antes tomaban una buena  porción de leche o agüitas porque  esas botellas  eran bien guatonas o flacas y largas como esas de color café  que más de  algún lector  o lectora  recordará.

Los “sanguches” de esa época eran el Barros Jarpa, el Barros Luco, el de solo queso, el de pernil, el de arrollado, el de mechada y el de lengua. No se usaba la mayonesa ni la mostaza y si alguien quería entrar a componer los ingredientes había ají solo o con pebre.

Siguiendo por la calle Ecuador (que antaño se llamó Camino de lo Chuchunco) hasta la hoy llamada Calle Oriente (que no existía en esa época) estaba la Escuela de Técnicos Agrícolas de la U. de Chile. En ese recinto funcionó la primera Escuela de Constructores Civiles de la UTE. Además, esa casona antigua fue de la Hacienda San José de Chuchunco. Hoy funciona el Departamento de Ingeniería Geográfica; ese espacio es  digno de una visita.

En el sector en el que  está emplazada la Biblioteca Central, estaba la Escuela de Médicos Veterinarios de la U de Chile.

Por Ecuador entre la EAO y la Escuela de Veterinaria estaba El Laboratorio Chile, hoy el sector lo ocupa el Departamento de Física y el Departamento de Ingeniería Eléctrica y otros.

(Continuará... II Parte)

 

Carlos Cid Luengo es egresado de Grado de Oficio, Fundición, de la EAO, 1959. Dibujante Técnico. Egresado de la primera promoción, Técnico en Instrumentación Industrial, del Instituto Tecnológico U.T.E, 1971. Desde 1972 a 2009, su actividad profesional fue la de proyectista instrumentista.

 

 

 
Comentarios (4)
Barrio Estación Central.
4 Martes, 23 de Octubre de 2012 14:35
jorge sanchez vasquez
Muy buena su columna recordando el pasado. Sobre todo el barrio que alberga la Usach.
BUENA EPOCA
3 Lunes, 22 de Octubre de 2012 22:07
MARICEL
HOLA , ME ENCANTO ESTA CRONICA DE UNA PERSONA QUE FUE PARTE DE LA EAO, LAS DESCRIPCIONES, LAS TRANSMISION DEL DETALLE COTIDIANO, TRANSPORTAN FACILMENTE LA ATMOSFERA QUE TENIA ESA EPOCA. ADEMAS, EL RELATO DE UNA PERSONA QUE FUE PARTE DE UNA INSTITUCION COMO LA EAO , LE DA CREDIBILIDAD AL RELATO CONTEXTULIZADO.
ESPERO LA SEGUNDA PARTE. FELICITO LA INICIATIVA
Felicitar al Sr. Cid
2 Martes, 16 de Octubre de 2012 20:21
sonia aravena derpich
No puedo menos que seguir admirando al señor Cid y agradecerle sus crónicas que nos llevan a recordar aquellos tiempos, para muchos, mejores que los de hoy.
Sería muy valioso si quienes apreciamos sus recuerdos hechos crónicas, pudiéramos conservarlos como una unidad, y que no se nos pierdan entre los correos. ¿Sería eso posible, estimados amigos de Comunicaciones de la Usach?.....
Con renovadas felicitaciones
Sonia Aravena.
felicitaciones
1 Martes, 16 de Octubre de 2012 19:00
admin2
Adoro las columnas de Carlos Cid. Siempre las leo con mucho entusiasmo, espero que nunca dejen de publicarlas.

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